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martes, 5 de febrero de 2008

Relato de un sordo


En la adaptación protésica es importante atender tanto a la evaluación de la hipoacusia desde el defecto auditivo como a la discapacidad y las implicaciones que está tiene en la vida del paciente.

A continuación reproducimos el texto que nos ha enviado Rony Ramos Hernández en relación a su experiencia como usuario de audífonos al cual queremos expresar nuestro agradecimiento por compartir con nosotros sus experiencia y de la cual podemos aprender todos.

Relato de un Sordo..... Mi Destino El Silencio

Me desperté con el suave movimiento de la cama donde estaba durmiendo, era mi madre, con el vaso de leche en la mano, que me invitaba a tomar como desayuno de cada día, cogí y bebí lo más rápido posible para luego volver a reconciliar el sueño, pero con las luces que estaban encendidas en el pasillo, frente a mí, casi no me impedían dormir. Al cabo de un rato mi madre volvía a despertarme, tocándome en mi hombro, levanté la cabeza con cierta dificultad y mis ojos se clavaron en los labios de mi madre que se movían lentamente: “vamos, tienes que levantarte, son las siete” y claro, no tenía mas remedio que levantarme e ir a ducharme. Tras la ducha, me vestí con un chándal de color oscuro, mi color favorito. Me fijé bien en mi alrededor por si me faltaba algo, si, una cosa, el audífono que esta en la mesilla, lo cogí y me lo puse en el oído derecho. Mi madre siempre me decía que era mejor que llevara dos audífonos, para oír y escuchar mejor, eso decía pero nunca le di importancia.

Ya en la calle con mi madre íbamos caminando hacia el gimnasio, nuestro lugar de trabajo, aun no había amanecido y apenas había coche aparcado en la calzada. A unos pocos metros se encontraba nuestro gimnasio, abríamos la gran puerta y encendíamos las luces, ordenábamos los materiales (las pesas, colchonetas...) y preparábamos los vestuarios, etc. y ya terminado todo dejaba a mi madre para ir a clases. El gimnasio era el sustento de nuestras vidas, por esos solía trabajar constantemente con mi madre todos los días, de la mañana hasta la noche. Pero cuando estaba en la época de estudios, tenía que ir a clase por la mañana y trabajar por la tarde.

El Instituto se encontraba un poco lejos de mi casa, era un buen paseo, ya que en el camino había muchos árboles de gran tamaño, a los cuales me gustaba mucho contemplar. Ya en la Rambla, muy cerca de mi instituto, veía los coches circulando a gran lentitud por las retenciones, emitían ruidos de motor, si, esos ruidos infernales según dicen los que oyen, aquel ruido del coche viejo, aquel traqueteo del camión, incluso también algunas motos. Intentaba saber cuál de los vehículos era más ruidoso pero me era difícil, solo oía ruidos, nada más que las combinaciones de ruidos, ni siquiera podría distinguir entre el ruido de un vehículo nuevo y uno de viejo. Me crucé con dos personas mayores que caminaban tranquilamente y conversaban, a mi parecer, de un tema interesante. Quería saber de qué hablaban. Intenté mirar en los labios de uno de los viejos disimuladamente pero los movimientos eran rápidos y muy cortos, no podía comprenderle, y preferí seguir caminando, ignorando de lo que hablaban, sin embargo, me sentía frustrado.

- “Ahora vamos a hablar del tema ... y debéis leer en la ...”

Al menos entendí lo que decía mi profesora de biología, estaba sentado al principio del aula, junto a la mesa de la profesora. Mi mirada estaba puesta en los labios de la profesora que estaba situada frente de mí, pero muchas veces no podía entenderle ya que se movían muy rápido, en fin, me ponía a pensar otra cosa para no aburrirme durante la clase. “uff, que ganas de tener un amigo al lado de mi mesa”, me dije, como si fuera un compañero de clase, así podríamos conversar en nuestra lengua como lo hacen mis otros compañeros. No es que me llevara mal con ellos sino que me costaba mucho entenderles y a veces ellos, mismos ya cansados de repetirme algunas frases que yo no podía comprender y terminaban prefiriendo hablar con otros compañeros. Era una situación normal, de la cual acostumbrado desde que comencé en preescolar. Me sentía incomunicado pero aguantaba, ya que mi madre me decía que debía ir al instituto solo para estudiar por el bien de mi futuro.

- “¿Me has entendido lo que dije?”

Me dijo la profesora de repente, mc quedé perdido ya que no estaba siguiendo la clase y le dije:

- “Sí, mas o menos las explicaciones”

La profesora con la cara despejada, parecía convencida de que mi audífono era la solución adecuada para seguir la clase, ella estaba muy equivocada, aunque tuviera audífono, aunque oyera algunos ruidos, algunas voces, solo oía pero no escuchaba, ésta era la diferencia. Sé hablar bien oralmente pero no escuchar, comprender, entender o lo que sea. Lo que intento deciros es que mi lengua materna es la lengua de signos española. Con ella podría comunicarme perfectamente con cualquier usuario de la misma. Lo que a mi me gustaría es que pusieran intérpretes de lengua de signos española en el aula para que me traduzca la clase y así sentirme como si fuera uno mas en la clase y sería igual como ellos y pondría fin a la marginación que sufro. Pero, como no era así, opté por seguir aguantando.

Las dos en punto “por fin” me dije “ya tengo ganas de irme de aquí, de este odioso lugar. Donde me paso mucho tiempo pensando y aburrido, especialmente en el recreo. En el camino de regreso, estaba dándole vueltas al tema del audífono. Ya en casa, mi madre había regresado del trabajo en el gimnasio, la besé en la mejilla. Sentados en la mesa, con mi madre enfrente, le dije:

- “Madre, he tomado una decisión, sé que te podría afectar tanto a ti como a los demás profesores y amigos oyentes. He decidido dejar mi audífono de forma indefinida”

Puso la cara extrañada y me preguntó al momento.

- “¿Por qué?, sabes muy bien que estos audífonos te permiten integrarte perfectamente en la sociedad, puedes escuchar muy bien y todo eso. Explícame por qué quieres dejar estos audífonos”

Dijo con cierto aire de enfado. Por un momento me quedé mudo y al cabo de un rato le contesté, despacio pero bien claro.

-“Bien, desde que tenía dos años hasta ahora siempre he llevado audífonos, con ellos, tal vez, he aprendido a hablar, o incluso, reconocer las voces de mis familiares, sé que es bonito oír tu suave voz cada vez que me hablas, los ladridos de mis perros favoritos, la música de la televisión, todo eso es agradable pero lo malo es que nunca en mi vida he aprendido a escucharos sin dejar de mirar vuestros labios, es mi defecto, defecto natural, lo cual he aceptado sin problema como parte esencial de mi personalidad. Muchas veces, he estado en el mundo del silencio. Es agradable encontrarte en un sitio donde todos se mueven y a la vez no percibo ruidos desagradable que entorpecen mi atención, mi tranquilidad....

También seria bueno que ellos, los convencidos de que los audífonos era la solución para integrarme, se den cuenta de que no era así como debería ser, ya es la hora que me presten atención, que acepten mi sordera y que me hablen como es adecuado, despacio y bien claro y entonces podré entenderle con o sin audífonos. Por último, quiero sumergirme en el mundo del silencio, que es mi destino, quiero vivir en silencio. Quiero aceptarme tal como soy, quiero decir, soy una persona sorda, mi lengua materna es la de lengua de signos española, y mi fiel compañero es el silencio. He aquí el motivo de mi decisión. Yo sería la persona mas feliz del mundo si tú, la única persona que me importas mucho en mi vida, me aceptaras tal como soy. Dije con voz baja. Cogí mi audífono, lo apagué y lo dejé en la mesa. Mi madre, aturdida por mi decisión, pensó durante un rato y me dijo.

- “Hijo, lo mas importante en la vida, es aceptar tal como es uno mismo, asumir sus defectos y virtudes. Solo quiero que seas feliz y acepto la decisión que tomaste”.

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